René Favaloro, el padre del bypass

Un día como hoy, 96 años atrás Argentina vio nacer a uno de los emblemas de la medicina mundial, René Favaloro. Sus conocimientos en cirugía cardiovascular le permitieron desarrollar el bypass y salvar con ello la vida de millones de personas que padecen enfermedades coronarias. Y es que esta técnica no solo causó una revolución interna, sino que fue exportada a todos los puntos del globo. Pese a su gran trayectoria y reconocimiento, el médico platense se hallaba sumido en una depresión ocasionada por su mala situación financiera. Esto lo llevó a quitarse la vida casi 20 años atrás, el 29 de julio de 2000.

Favaloro nació el 12 de julio de 1923 en el barrio El Mondongo, ubicado en la localidad bonaerense de La Plata. Coincidencia o destino, se crió en una casa humilde cercana al Hospital Policlínico junto con su padre, Juan Manuel; su madre, Ida, y su hermano, Juan José. Con tan solo cuatro años de edad, René ya había manifestado que su vocación era dedicarse a la medicina. Su deseo se concretó años más tarde cuando logró ingresar en la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Nacional de La Plata.

Al poco tiempo de recibirse de médico, se trasladó por pedido de un tío a Jacinto Aráuz, una pequeña comunidad rural de la provincia de La Pampa. Con la ayuda de su hermano, quien arribó al lugar poco tiempo después, creó un centro asistencial en el pueblo. Juntos lograron que desaparecer casi por completo la mortalidad infantil de la zona, disminuyeron las infecciones en los partos, bajaron la desnutrición y organizaron un banco de sangre viviente. También brindaban charlas comunitarias donde explicaban pautas clave para el cuidado de la salud.

Su formación y vida profesional no estuvieron siempre radicadas en Argentina. Interesado en profundizar sus conocimientos en cirugía torácica y tras 12 años de dedicarse a la medicina rural, viajó a Estados Unidos para desempeñarse como residente en la Cleveland Clinic. Todo apuntaba a que su estadía allí sería breve, sin embargo, permaneció en suelo estadounidense por una década. Dicha institución le brindó al posibilidad de ir ascendiendo en la escala jerárquica, al punto de integrar el equipo de cirugía.

Fiel estudioso de la anatomía de las arterias coronarias y su vínculo con el músculo cardíaco, a principios de 1967, Favaloro comenzó a analizar la posibilidad de emplear la vena safena en la cirugía coronaria. La técnica se puso en práctica en mayo de ese año con resultados exitosos. Fue así que nación el bypass o cirugía de revascularización miocárdica. De acuerdo con el portal oficial de la Fundación Favaloro, esta técnica «fue el trabajo fundamental de su carrera, lo cual hizo que su prestigio trascendiera los límites de ese país, ya que el procedimiento cambió radicalmente la historia de la enfermedad coronaria».

Sus contribuciones a la mejora de la vida de millones de persona no bastaron para prevenir su destino trágico. El 29 de julio del 2000 el cirujano plantense decidió quitarse la vida de un disparo en el pecho. No se marchó del mundo sin antes dejar una explicación de por qué había tomado tal drástica decisión. El autor de bypass había dejado una carta dirigida al entonces presidente de la Nación, Fernando de la Rúa, quien, como contaba El Cívico, falleció recientemente. En el texto, el médico criticó el sistema de salud nacional y el cansancio que le había provocado la lucha por conseguir fondos para financiar su fundación.

«A mí me ha derrotado esta sociedad corrupta que todo lo controla. Estoy cansado de recibir homenajes y elogios al nivel internacional. Hace pocos días fui incluido en el grupo selecto de las leyendas del milenio en cirugía cardiovascular. El año pasado debí participar en varios países desde Suecia a la India escuchando siempre lo mismo. ‘¡La leyenda, la leyenda!’. Quizá el pecado capital que he cometido, aquí en mi país, fue expresar siempre en voz alta mis sentimientos, mis críticas, insisto, en esta sociedad del privilegio, donde unos pocos gozan hasta el hartazgo, mientras la mayoría vive en la miseria y la desesperación. Todo esto no se perdona. Por el contrario, se castiga», decía Favaloro en un fragmento de la carta.